EL PLACER DE LO COTIDIANO | Exposición colectiva curada por Avelina Lesper

I. Nos obsesionamos con lo extraordinario, renegamos de la rutina, despreciamos la continuidad, creemos que tenemos que alimentar la existencia con emociones y vivir nuestra propia novela de aventuras escrita con impactos que retengan al lector, es decir, que nos retengan a nosotros mismos.

Despertar en la misma cama, vivir por años en esa casa, acudir cada día al trabajo, convivir durante décadas con las mismas personas, crear un entorno seguro, para la sociedad actual es monotonía, hay que “romper con la rutina” nos dicen, porque de otra manera somos conformistas, aburridos, predecibles. Se ha convertido en una enfermedad social la artificial necesidad de emociones, somos adictos a un vacío que nunca podremos satisfacer. En esa desesperada carrera sin dirección no comprendemos que la existencia no es extraordinaria, es excepcional.

II. La sociedad contemporánea impone la búsqueda de emociones; la “excitación” que supone lo nuevo, lo arriesgado, nos otorgará un interés por nuestra propia vida. Es desolador pensar que nosotros, como seres únicos en nuestra circunstancia, requerimos de algo externo y dependiente de los otros porque no somos suficientes para dar sentido a esta vida. En la Primera Guerra Mundial miles de jóvenes se enrolaron en los ejércitos huyendo de sus “seguras y aburridas” vidas. El Imperio romano se derrumbó por la novedad de seguir una religión monoteísta propagada por pordioseros. Inventar guerras da más poder que mantener la paz, la deseosa incertidumbre que genera la cercanía con la muerte violenta es un placebo, porque desde la caída un imperio hasta la muerte llegarán y nada podrá evitarlo.

III. La vida cotidiana es una trampa formidable, es remanso o es tortura, disciplina o vicio, creación o degeneración. Cada instante estamos a punto de ceder a uno de esos extremos, pensamos que vivimos “de forma correcta” hasta que nos horrorizamos con la gente que se cruza con nosotros por la calle, con los estados de degradación que se alimentan dentro de los muros de una casa, de su suciedad mental y física, y nos reconocemos en eso, ¿en qué instante entramos en esa cueva, en qué momento construimos esa celda, cuánto tiempo toma?, un día, un año, décadas o ese segundo en que renunciamos a vernos y nos convertimos en extraños, en enajenados de nuestro propio ser. En el otro extremo está esa paz que da saber que debemos construir cada día, alimentarlo con los gestos que esperan como un regalo la sed, y admitir que nos rescatará de caer en la desesperación de estar con nosotros mismos.

Extracto escrito por Avelina Lésper.

 

 

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