Carlos Deolarte

Carlos Deolarte, la apreciación estética como lingua franca

 

Un inicial golpe de vista a la producción de Carlos Deolarte, basta para poner en claro que no es únicamente un lenguaje lo que aquí expone, pero bien puede ser utilizado como tal, en cuanto a uno de sus múltiples fines: Ser el medio entre la expresión de sí mismo y las sensaciones de los receptores. Este medio, este hermoso vehículo es en el que nos invita a asistir a un inusual encuentro con nosotros mismos.

La prolífica producción artística de Carlos Deolarte se impone, majestuosa y humilde a la vez, como el puente que muchos de nosotros hemos estado buscando para construir un nada hipotético diálogo con el universo que nos circunda, con el macro y con el micro cosmos, con el lastimado tejido social, con nosotros mismos, con nuestra cosmovisión y con la perspectiva de quien ha viajado, leído, creado y expuesto de manera tan activa.

Observador crítico, Deolarte asume vidas y paisajes ajenos a cualquier ciudad (incluyendo la suya propia), deconstruyéndoles y volviéndoles a crear, aunque aquellos paisajes y vidas sean de suyo cotidianos; la diferencia estriba en aquella experimentada lente que le permite tomar una perspectiva caleidoscópica, que lo mismo le permite observar a sus modelos a manera de vitral gótico, de neoclásicas figuras antropomorfas, como pléyades a pleno cenit, o a manera de sobrio laberinto donde perderse resultaría una delicia.

Vista como lenguaje (que no es, repito, la única manera de observarse), la propuesta artística de Deolarte puede ser literal, irónica o metafórica. Vista como el catártico producto de su cronotopo, puede ser un espejo cóncavo o uno convexo. Observando los lienzos desde una óptica simbólica, este pintor, escultor, fotógrafo y escritor, cimbra lo que el raciocinio no puede o no quiere describir, y con cuánta razón, pues el lenguaje de este artista va dirigido precisamente a su opuesto: Al alma.

Aunque nuestro consciente insista en reconocer atávicas figuras sugeridas en el fondo de las pinturas, el alma será quien disfrute divagando entre los pincelazos que aseguran el ingreso al entrópico universo Deolartiano. Y ésta es una de aquellas oportunidades.

Pablo Picasso solía decir que las musas eran reales, pero tenían que encontrar al artista trabajando. El ameno recorrido por esta sala confirma las visitas de las musas y su permanencia, rondando a Carlos Deolarte, invitándole de aquelarre en aquelarre, a producir más y más, sin detrimento alguno en la calidad de sus propuestas. Antes bien, al contrario.

Puede el visitante proponer sus propios caminos para apreciar la obra de Carlos Deolarte, y en todos ellos encontrará la exquisitez como elemento común. Aquella sobriedad de trazos, que parecieran de repente anárquicos o casuales, vienen acompañados de la sutil evocación del orden, cualquier cosa que esto signifique en cualquiera de las culturas con las que él se relaciona.

En el universo deolartiano, el misticismo de las culturas prehispánicas interactúa con las mitologías europeas, cosmovisiones asiáticas dialogan con la posmodernidad occidental, imaginarios cotidianos hacen de la realidad un híbrido polícromo, que resulta ser aquel espejo donde puede uno asomarse a un cosmopolitismo que nos incluye. Sus pinturas, ricas narraciones visuales, van más allá de lo que expresan, comenzando desde los sugerentes títulos, que saludan al observador, pasando por los trazos y los fondos, para terminar con una sutil despedida al dejar de observar aquellos cuadros que parecieran tomar vida, dejándonos con la tentación de retornar a dialogar.

Queda, pues, abierta la invitación a degustar de la obra de Carlos Deolarte, desde cualquiera de las perspectivas o actitudes que se quiera. Saborear y reflexionar sobre estas obras será lo que se haga al abandonar la sala, cediendo a la tentación de regresar para seguir dialogando con ellas.

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